Carmelo RoderoBodegas Carmelo Rodero es producto de la ilusión de toda una familia, del sueño que un día movió a Carmelo Rodero a fundarla en Pedrosa de Duero, Burgos, en 1991, y que se ha convertido en un referente de calidad de la Denominación de Origen Ribera del Duero. El mismo sueño inspira ahora a sus hijas, Beatriz y María, quienes con ilusión renovada perpetúan la misión de extraer el fruto más genuino de su terruño, con resultados tan elocuentes como las puntuaciones de Guía de Vinos Gourmets 2025 y Guía Proensa 2025.
Filosofía
Esta diversidad geográfica es clave en la creación de unos vinos con el sello del terruño, que deja expresarse a la fruta con nitidez y marcada frescura, siguiendo la filosofía de su directora técnica y enóloga Beatriz Rodero. Cada parcela propia se gestiona con enfoque específico a la sostenibilidad y el respeto máximo por el entorno natural, lo que se refleja en sus vinos, verdadero tributo a su lugar de origen.
El terruño
Bodegas Carmelo Rodero se encuentra en Pedrosa de Duero, localidad situada en el corazón de la Denominación de Origen Ribera del Duero, en la provincia de Burgos, a seis kilómetros de Roa de Duero, a 28 de Aranda de Duero y a 85 de la capital, Burgos. Por sus marcadas características, se trata de un enclave privilegiado. Este territorio es renombrado por su terroir distintivo, donde el suelo arcilloso-calizo y el clima continental extremo contribuyen de manera crucial al perfil único de los vinos.
A una altitud de 890 metros sobre el nivel del mar, los viñedos de tempranillo, cabernet sauvignon y merlot de la bodega de Pedrosa de Duero se reparten en varios pagos seleccionados, un total de 170 hectáreas con virtudes intrínsecas diferentes de cada microclima.
Fieles a su compromiso con el viñedo y con el equilibrio natural que lo sostiene, han convertido la gravedad en la mejor aliada en la elaboración de cada vino Carmelo Rodero. Cada parcela es gestionada, incluso en ocasiones, microparcelas, para que la personalidad de cada suelo, orientación y variedad pueda desarrollarse sin interferencias, antes de confluir en el ensamblaje final.
El traslado de la uva se realiza con el sistema OVI, mecanismo que acerca suavemente las uvas a los depósitos, evitando cualquier bombeo o trasiego forzado. Gracias a este movimiento controlado, los hollejos no sufren rozaduras ni estrujamientos y la baya llega entera, fresca y sin oxidaciones prematuras. Así se preserva intacto el perfume varietal, la vivacidad de los mostos y la pureza expresiva que, copa tras copa, define el estilo de sus vinos.